jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 10

KATY SONG (PARTE I)

Al comenzar el año 2000 me faltaba una asignatura para terminar Sociología porque me había quedado pendiente del último año. A finales del 99 me había apuntado a hacer las pruebas de ingreso en la Escuela de Cine. Ese año 2000 iba a ser más o menos  de relax en función de lo que pasase con esos exámenes de ingreso. Si los pasaba encauzaría mi vida hacia el cine y abandonaría Torrelavega con la que mantenía una relación de amor-odio porque me sentía encerrado en su pequeñez. Como tenía mucho tiempo libre lo dedicaba a escribir, leer, escuchar música e ir a clases de francés e inglés.

Un día, a principio de Febrero, estando en Madrid para una de las pruebas de acceso, después de comer en casa de unos tíos que viven allí me senté a ver la tele con ellos. Sentía que algo se me había quedado en la garganta durante la comida y me molestaba mucho. No dejaba de carraspear y de ir a la cocina a beber agua.

Como cada vez estaba más nervioso cada vez me costaba más respirar. Fui al baño y me provoqué un par de vómitos. Pero, lo que fuese, seguía en mi garganta y sentía que apenas podía pasar el aire. Mis tíos se preocuparon con esas idas y venidas y me preguntaron qué pasaba. Se lo expliqué y me dijeron que fuésemos a urgencias. Tenía todo el cuerpo tembloroso y llevaba un botellín de agua del que daba pequeños tragos a cada rato porque mi lógica enfermiza me decía que si pasaba el agua pasaba el aire. 
Las urgencias del 12 de Octubre estaban hasta arriba porque era domingo y yo me iba al baño para provocarme no sé, quizá ocho vómitos. También calculo que bebí más de cuatro litros de agua antes de que me atendiesen. Con una de las clásicas palas de madera el médico me miró la garganta. No vio nada. Pero yo sentía el ahogo y el trozo de “algo” en mi garganta. Era una sensación física y tenía que tener una explicación. Un rato después, de mucho agua después y de varios vómitos después, me llevaron a la sala de Rayos X para hacerme una placa. Pasada una hora entramos a la consulta del médico que me correspondía y, mientras el doctor miraba la radiografía al trasluz, dijo que se veía algo extraño en mi garganta. Pero que no me preocupase porque no tenía aspecto de peligroso al ser pequeño.

Decidieron hacerme una endoscopia. Vino un tipo con una silla de ruedas y me dijo que me sentase. Todo aquello me parecía un poco demencial porque a mí no me dolían las piernas sino la garganta. Sólo consiguió ponerme mucho más nervioso aunque ya llevaba tres tranquilizantes. Me condujo por varios pasillos mientras yo no dejaba de preguntarle en qué consistía la endoscopia y si dolía. Su explicación parecía poco creíble cuando dijo que molestaba un poco.

Me metieron en una pequeña consulta y tras un par de minutos a solas llegó el doctor que me iba a hacer la prueba. Me dijo que abriese la boca y sin avisar, como todo lo malo en la vida, me metió un metro de tubo de plástico esófago abajo. Aunque mis ojos se salían de sus órbitas veía en un  monitor mi interior. Y no era una metáfora. El médico trataba de tranquilizarme con un argumento parecido al mío del agua y el aire pero cambiando agua por tubo. La sensación de esa culebrilla subiendo garganta arriba al sacarlo aún hoy me da escalofríos al recordarla. Mi chófer me condujo de nuevo a la sala de espera donde estaban mis tíos. Tenía los ojos llorosos y sólo quería que terminase toda esa mierda. Habíamos llegado a las cinco de la tarde y eran más de la una de la mañana cuando nos volvió a atender el primer doctor de todos los que había visto. Nos comentó que en la endoscopia no se apreciaba nada y que cuando regresase a Torrelavega me pasara por mi médico de cabecera y pidiese cita en Salud Mental.

A partir de aquí todo se vuelve un poco confuso. Empecé una peregrinación por psicólogos y psiquiatras y una medicación controlada que consistía en tranxilium y diazepán cuando me sentía mal (o sea, todo el día) y Prozac por la mañanas para animarme.

Fueron un par de meses en los que yo no salí de la cama más que para ir al baño y a los médicos. Tampoco me atrevía a comer nada que no fuese líquido. Cuando trataba de comer otra cosa, aunque fuese una miga de pan, sentía esa miga durante horas obstruyendo mis vías respiratorias. Me iba al baño y me provocaba vómitos pero la puta miga seguía allí, estrangulándome. Todo esto me deprimía más. En la cama no podía dejar de pensar que esa mierda condicionaría el resto de mi vida. Que no podría ir a ningún sitio, viajar, porque no habría alimentos líquidos en todos los sitios y no podría comer nada. Que no podría vivir fuera de Torrelavega, estudiar cine, llevar una vida normal. Por las noches, de madrugada, probaba a comer pequeñas cosas, no sé, una onza de chocolate chupada para ver si era capaz. No había manera. Me tenía que ir al baño para provocarme un vómito y me pasaba un par de horas llorando abrazado al retrete, sintiéndome muy miserable.

Los psiquiatras y los psicólogos trataban de buscar la razón a este bloqueo. Que si me veía muy gordo, que si tenía problemas en los estudios, con mi familia, que si había sufrido un desengaño amoroso (ya me hubiese gustado, pensaba yo, que sólo los vivía  a través de las canciones de los Smiths y de  Slowdive). Me enseñaron a respirar en caso de ahogo, ejercicios de relajación con música New Age de fondo…



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capítulo 9

LO IMPORTANTE ES AMAR

Uno de los ciclos de la filmoteca de Torrelavega era de cine extremo y polémico. Entre las películas estaba la extraordinaria “La Mamá y la Puta” de Jean Eustache o la famosa “Sweet Movie” de Dusan Makavejev probablemente la película más chocante que jamás había visto hasta ese momento.  Pero lo que me causó más ansiedad es que en ese ciclo estaba “Lo Importante es Amar” de Zulawski. Yo sólo había visto una película de Zulawski por televisión, “Mis Noches Son Más Hermosas que tus Días” protagonizada por su esposa Sophie Marceau mucho antes de volverse una pequeña estrella y sex simbol internacional tras ser la mujer de Mel Gibson en “Braveheart”.

De ”Lo Importante es Amar” siempre había leído que era la interpretación más descarnada y extraordinaria de Romy Schneider. Sabía que estaba entre las películas favoritas de Terenci Moix gran fan de Romy y del que conocí una semblanza de la actriz que publicó en El País Semanal en la que hablaba de la belleza y el parecido de Sarah con su madre. Y de la trágica vida de una estrella tan fulgurante, tan talentosa.

Es curiosa la cuestión genética y de tradición. Romy era nieta de una afamada actriz de teatro austriaca, Rosa Rhetty. Actriz durante los últimos vestigios del Imperio Austrohúngaro al que luego Romy representaría para el mundo en su esplendor en la serie de Sissi, tenía debilidad por su nieta y esta por ella. Con su madre Magda Schneider de la que tomaría su apellido artístico la relación no era igual. Desde niña la tuvo en el ambiente del cine y a través de ella comenzó a actuar. La amistad de Magda con Hitler es un hecho muy documentado, tanto como la admiración de esta por el sanguinario dictador y de él en el plano carnal (algunos llegan a afirmar que fueron amantes). A Romy esto siempre le horrorizaría. Incluso en una película discreta como “El Viejo Fusil” que vi en el ciclo de cine francés de mi instituto haría de judía en la era de la ocupación.

Su hija Sarah Magdalena decía cuando era adolescente que no tenía ninguna intención de ser actriz. Que quería estudiar y llevar otra vida. Pero no sé si la vida, la tradición o la insistencia de terceros llevó al fin a la pequeña a ser actriz aunque sí que hizo una licenciatura en La Sorbona. No es una gran actriz o aún no ha tenido un papel para demostrarlo. En cine casi todo son apariciones anecdóticas, muy secundarias y en las que yo he visto, no destaca demasiado.

Tanto Magda como Sarah se parecen mucho a Romy. Mirándolas es imposible no darse cuenta de que son familia. Son parecidas, incluso similares, pero tanto la madre como la hija son mucho menos hermosas. A años luz de la belleza de Romy. No hay algo que las diferencie demasiado, incluso Sarah tiene esa mirada triste marca de la casa de su madre. Pero además de un mentón demasiado ancho hay algo que no funciona bien en su cara para ser armoniosa como sí pasaba en Romy. Con Magda pasaba lo mismo. Había algo poco estilizado en su rostro, algo que se pulía en su hija. Y luego está la cuestión del talento.

La película me dejó sin palabras. Hasta el día de hoy es mi película favorita. Un tótem vital insuperable. No sólo es la mejor película en la que participó Romy sino que es la única a la altura de su inmenso, infinito talento. La carnalidad que desprende el frágil personaje que interpreta, Nadine Chevalier, se hace indistinguible de la triste vida de la actriz. Basada en una novela llamada “La Noche Americana” de Christopher Frank, que nada tiene que ver con la divertida película de Truffaut, el argumento trata de una actriz caída en desgracia que tiene que dedicarse al cine pornográfico para que ella y su desgraciado y demente marido (Jacques Dutronc) puedan sobrevivir. Un joven fotógrafo (un excelente Fabio Testi antes de su ridículo paso por cuanto reality le proponían) entra en uno de los rodajes en el que participa Nadine Chevalier y saca unas fotos a escondidas. Tras ser descubierto y huir como puede se obsesiona con Nadine y decide que ella merece tener la oportunidad de mostrar su valía y, consiguiendo dinero de manera turbia, produce en secreto una obra de teatro en la que ella será la estrella. El  director de la obra interpretado por un desquiciado Klaus Kinski trata de sacar lo mejor de ella. Una trama llena de personajes excéntricos, maniacos, locos y enamorados por encima de todo, con un amor irracional que traspasa la pantalla con una violencia que yo no reconozco similar en otras historias, de la misma manera que deambulan como despojos a los que sólo ese amor dignifica. La sobrenatural música de George Deleure (con ecos a otra música suya para otra película igualmente maravillosa “Le Mepris” de Godard) es la guinda que convierte todo en una tragedia de magnitudes irracionales. Una película histérica en la que todos gritan, tiran cosas al suelo o contra otros personajes, una fotografía feísta hasta extremos desagradables y, en medio de todo ese caos, una Romy Schneider apenas maquillada por ella misma ofreciéndose con una generosidad como interprete pocas veces vista.

Explicar la película no tiene sentido porque todo va a ser injusto con ella. Dada mi obsesión con la misma decidí llamar N. Chevalier, en honor al personaje de Romy, a un efímero proyecto musical que tuve junto a mi hermano y del que quedó como herencia una sóla canción. Una curiosidad es que el plano más conocido de la afamada “Olvídate de mí” de Michel Gondry es un homenaje a uno mucho más hermoso y con más lecturas que hay en “Lo Importante es Amar”.


El rodaje parece que fue tomentoso, duro. Zulawsky se llevó a Romy a su casa para no dejarla descansar del personaje (algo que no era necesario porque ella vivía tanto sus personajes que a veces la hacía enloquecer). Ella en pantalla parece siempre al borde de romperse. Cuando sonríe su rostro adquiere una profundidad en su tristeza que es imposible mantenerse impermeable a ella.  Jamás volvieron a trabajar juntos aunque el director comentó que tenía un guión escrito para ella pero que, tras su muerte, no se realizaría jamás.


martes, 3 de septiembre de 2013

Capítulo 8

A WHOLE WIDE WORLD AHEAD

A mí me gustan las cosas en general. Y luego me gustan otras en particular.

A mí me gusta la música y la tele. Y a veces me gusta el cine y los libros. Pero sólo a veces.

Me gustan las patatas fritas, el salmón ahumado y las anchoas de Santoña.

Me gusta viajar pero me dan miedo los aviones. Y alguna que otra vez me gustan los aviones pero me da miedo viajar.

Me gustan las chicas, los chicos, y varios cachivaches más. Y así ha sido desde que recuerdo.

Mis recuerdos no van más allá de los ocho ó nueve años hacia adelante. Por alguna extraña razón tengo bloqueados, si exceptuamos pequeños detalles, esa zona de mi vida. Supongo que esto, de aquí en unos años más, me costará una millonada en psicoanalistas.  Al tiempo.

Pero ahora estoy en una clase y a nadie le importa mi futuro. Y a mí menos que a nadie.

Tengo más de treinta años. Pero una vez tuve catorce. Y cuando eres un chico acomplejado de catorce años sólo tienes dos intereses en tu vida: las chicas y otra cosa. La otra cosa es a elección de cada individuo de catorce años.

Mi otra cosa era el cine. Y lo vivía como una especie de parafilia vergonzosa y vergonzante que había que ocultar.

Ese año me regalaron una cámara de vídeo. Me sentí feliz. Después me senté feliz. Y un rato más tarde comencé a pensar a qué dedicaría mis interminables y solitarias tardes.

Experimenté de forma y maneras diversas y, una noche que mis padres habían salido a cenar, decidí incursionar en el mundo de la pornografía cinematográfica. Así, como suena.

El problema es que estaba solo y eso no iba a cambiar. Decidí buscarme una pareja que no pusiese demasiadas pegas y elegí un oso de peluche gigante. Pero cuando digo gigante, estoy diciendo gi-gan-te.

En medio folio esbocé una trama sencilla y divertida para, unos minutos más tarde, comenzar el rodaje. En primer lugar me motivé yo y después pasé a motivar al infeliz oso.

No se quejó ni una sola vez a pesar de que esa noche probó el sexo oral, el anal, el masoquismo, el bondage y todo lo que se me fue ocurriendo. Y eso que, yo sospecho, mi oso era aún virgen.

El rodaje terminó y tuve entre mis manos el resultado. Lo vi un par de veces en compañía de mi suave amigo y, acto seguido, procedí a su eliminación vía borrado. Era demasiado peligroso tenerlo a mano y poder ser descubierto.

Alguna vez he tenido la tentación de contárselo a alguien, pero siempre me pareció demasiado deshonesto. No por mí, sino por contar las intimidades de mi oso.

Después de eso las cosas cambiaron entre él y yo. Nunca más le volví a hablar. Y desde entonces observo un extraño halo de tristeza en su gracioso morro.

Pero no me atrevo a preguntarle.








lunes, 2 de septiembre de 2013

Capítulo 6

UN AMOR DE LLUVIA

Cuando iba a segundo de BUP en la clase de francés, que yo tenía como asignatura optativa, prepararon una excursión a San Juan de Luz en la frontera francesa para que practicásemos nuestros escasos conocimientos. He de decir que no dije ni una sóla palabra en francés a excepción de “merçi” cuando compraba algo. Pero ese viaje que no sirvió para mejorar mi uso del idioma galo me dio una oportunidad fantástica de añadir una pieza maestra a mi colección de fotos de la actriz que más amaba. El destino no pero sí la casualidad hizo que ese fin de semana de Mayo hiciese quince años de su muerte. Debido a eso Le Figaró en su dominical dedicaba la portada y un amplio reportaje interior a ella, a sus fotos y textos repasando su vida, sus éxitos profesionales y sus fracasos vitales. Lo compré tirando de inmediato el periódico. No era un estudiante demasiado aplicado a la lengua de nuestros vecinos a pesar de ser afrancesado hasta la médula. Al regresar coloqué la portada de Le Figaró en mi carpeta del instituto. Por la otra cara puse una foto de Los Planetas. Idolos también. No era la carpeta decorada de la manera más ortodoxa y lo más que conseguí era una mueca de incredulidad al confirmarles que sí, que era una foto de la actriz de Sissi. Esa carpeta decorada de la misma manera me acompañó el curso siguiente en tercero, en COU y toda la carrera en la Universidad.

Al año siguiente hice otra excursión con la clase de francés, esta de varios días, a París. Estando allí, en una tienda de memorabilia cinematográfica, compré una foto de una Romy joven, hermosa, llena de vida que enmarqué al regresar a Torrelavega y colgué en mi cuarto como si se tratase de una familiar. O de una novia. Y la otra cosa que hice fue coger la guía de teléfonos en el hotel que nos alojábamos y buscar cuantos Biasini D. había en París. Sólo había uno. No podía ser otro que el teléfono de la casa de Sarah y su padre. Apunté el teléfono en una agenda con el corazón acelerado, casi queriendo escapar de mi pecho. No me atreví a llamarla durante la excursión. Me parecía ridículo, ¿qué le iba a decir? ¿Qué hace años vi una foto suya en una revista de cotilleos y me enamoré de ella y luego de su madre fallecida dieciséis años antes?. Y que la llamaba para…para nada. Era una idea estúpida.


Regresamos a Torrelavega y unas semanas más tarde me acerqué a una cabina con muchas monedas y fui metiéndolas una a una con el corazón otra vez queriendo escapar de mí. Llovía de manera torrencial y el agua caía hasta mis zapatos resguardados en aquellas cabinas cerradas de antes. Tome aire mientras me temblaban las piernas. Marqué el prefijo de Francia. Marque el prefijo de París y mientras marcaba el teléfono apuntado en el hotel repetía entre dientes “Il est Sarah maintenant?”. No tenía ningún plan para seguir tras esa frase pero me daba igual. Tras unos tonos al fin una voz de mujer, no de una chica adolescente, se escuchó al otro lado. Medio trastabillándome pregunté “Il est Sarah maintenant?. La voz de la mujer comenzó a hablar muy rápido en un francés imposible de comprender por mí y entonces colgué. Me fui corriendo a casa, avergonzado, y jamás repetí mi intento de contactar con Sarah.



sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo 5

LAS 10:30 DE UNA NOCHE DE VERANO


En mi ciudad, cuando yo era niño, había tres salas de cine. El mayor el Concha Espina, antiguo teatro con la decadente majestuosidad de un gran cine en una ciudad pequeña en tiempos de cine aún más pequeño. En el vi “ET”, los Indiana Jones, “El Retorno del Jedi”, “Atrápalo Como Puedas”, varios James Bond de los peores…También es el cine en el que vi mi primera película. Una mañana de sábado había alguna razón para que fuese una sesión gratuita, algún tipo de actividad infantil-juvenil. Fui con mi hermana. El cine estaba a rebosar. Tanto que, a pesar de tener una capacidad monstruosa (o así lo recuerda mi mente) tuvimos que sentarnos en el suelo como otras docenas de niños porque estaban todos los asientos ocupados. Mi primer recuerdo del cine es traumático. La película era una adaptación muy libre de la Isla del Tesoro que jamás he vuelto a ver. Tras atar cabos creo suponer que era una llamada “Misterio en la Isla de los Monstruos” del inefable y añorado Juan Piquer Simón. No podría asegurarlo. Pero sí podría asegurar que el terror que invadió a ese niño de quizá cinco años debe de ser el más intenso que he experimentado jamás en el momento en que un monstruo cubierto de algas emerge de entre las aguas amenazante hacia los protagonistas. Supongo que ese día me enamoré del cine de manera irremediable.

Los otros dos cines eran el Pereda metido dentro de una galería comercial. Un cine que era nuevo y cómodo, y los cines Arlequín, una multisala(por llamarlo de algún modo pues eran sólo dos salas). Con eso y con mis viajes a Santander para ver películas tanto en el cine comercial como en la Filmoteca me fui formando como amante del séptimo arte. Tanto uno, el Pereda, víctima de un incendio como los otros, Los Arlequín, víctimas de la desidia terminaron por cerrar. El Concha Espina había cerrado mucho antes. Mucho tiempo después, de la mano del dinero público, se convertiría en un moderno teatro, auténtico eje cultural de mi ciudad natal.

Yo veía cualquier cosa que pusieran. No me importaba que fuese bueno o malo. El ritual de ir al cine era una droga que sólo se calmaba al entrar en la sala y comenzar los anuncios o los trailers anunciando futuras dosis de la misma droga. A principios de los 90 un hecho jugó a mi favor de manera decisiva. Gracias a la colaboración del ayuntamiento y un grupo de entusiastas se inició una filmoteca. Cine en versión original en Torrelavega. Un sueño. Se alternaban ciclos de clásicos atemporales con los estrenos más importantes de la temporada del circuito de arte y ensayo. Gracias a ello podía ver en el propio año películas de cineastas de los que me hice fan como Aki Kaurismaki, Hal Hartley, Olivier Assayas, Eric Rohmer (con su estreno anual o recuperando títulos antiguos) y otros que no me gustaban tanto pero siempre era interesante de ver como Jaime Humberto Hermosillo, Derek Jarman, Gianni Amelio o Nanni Moretti el cual jamás me hizo gracia. Tener eso cada jueves del año para un quinceañero enfermo de cine era un milagro. Allí, gracias a uno de esos ciclos, vi la mejor película que jamás hizo Romy, “Lo Importante es Amar” de Andrzej Zulawski.


viernes, 30 de agosto de 2013

Capítulo 4

NEW FRIEND SONG

Hace unos años tras pasar unos días en casa de mis padres en Torrelavega cuando fui a sacar el billete de vuelta me dijeron en taquilla que el autobús estaba completo. Y ese era el último del día. Al día siguiente, a las nueve de la mañana, yo tenía que estar sí o sí en la oficina para trabajar. Quise no ponerme histérico y busqué en Internet a qué hora salía el tren desde Torrelavega a Madrid y si había plazas. Encontré uno que salía a las doce de la noche de mi ciudad y llegaba a Chamartín a las ocho de la mañana. Iba a ser una paliza tremenda pero, al menos, a las nueve estaría en el trabajo. Trataría de dormir un rato en el tren. No podría ser más incómodo que el autobús al que ya estaba acostumbrado. Que la mañana pasase rápido y luego a dormir una siesta.

A las doce menos diez estaba yo con mi pequeña maleta en la estación solo y muerto de frío por el viento del norte, escuchando el mp3 y esperando el tren que llegó cuando faltaba un minuto para la medianoche. Me metí en el vagón que quise porque no había asientos asignados y resultó que ese vagón estaba vacío. La verdad es que sentí miedo pero a la vez me veía ridículo por ese mismo miedo.

Dejé mis cosas sobre la rejilla de encima de mi cabeza y saqué el Rock de Luxe que había comprado unas horas antes para acompañar el viaje. El tren arrancó y yo me puse a leer una entrevista a Iron and Wine.

Pocos minutos después la puerta trasera del vagón se abrió y yo saqué de mi bolsillo el billete de tren. Pero no era el revisor. Una chica de una edad que rondaría alguna zona indeterminada de mediados los veinte, morena, pequeña, preciosa, con unos ojos tan claros que parecían trasparentarse y marcando los mofletes al sonreír se sentó en los asientos al otro lado del pasillo.
-     Me ha dado miedo estar sola en el otro vagón, ya ves qué tontería- me dijo.

Yo sonreí un tanto intimidado por lo espontáneo e inesperado de su franqueza.
-            Normal- atiné a decir-. A mí también me hubiese pasado.

Ella sacó de su bolsa un portátil y le enchufó unos auriculares antes que llegase el sonido de inicio de Windows. Yo seguía leyendo mientras, de reojo, miraba qué hacía. Era una de las chicas más guapas que había visto jamás, lo juro. No era una belleza agresiva sino obvia, discreta, en voz baja.

Unos minutos después vino, esta vez sí, el revisor. Yo posé la revista en el asiento para buscar en los bolsillos el billete. Cuando el revisor se había ido y me había vuelto a sentar ella llamó mi atención. “Mira”. Yo miré y me enseñó el mismo ejemplar del Rock de Luxe que yo leía. Me reí. Se rió de forma espontánea, casi infantil.
-     ¿Qué escuchas?
-     El “Down Colorful hill” de Red House Painters- contesté.
-     Oh, ¡Qué bonito! ¿Conoces a Ben and Bruno?.
-     No.

Confieso que era la primera vez que escuchaba ese nombre. Ella arrancó de un tirón los auriculares. Comenzó a sonar una voz lastimosa sobre una minimalista base de guitarra. Me gustó mucho.
-     Esta es mi favorita. Se llama “New Friend”. Como nosotros.

Lo dijo con una sonrisa que le llenaba la boca. Escuchamos en silencio los tres minutos que dura la canción. Quedé absolutamente enamorado del grupo tras ese primer contacto. Me preguntó qué me había parecido. No sabía qué decirle. Tenía la misma incapacidad para dar una opinión que me ocurre cuando, al salir del cine, me preguntan qué me ha parecido la película sin aún haberla digerido.
-     Me ha gustado. Mucho. Muchísimo, me ha encantado- acerté a decir.
-     Lo sabía. No podía no gustarte.

Estuvimos hablando un par de horas separados por el pasillo. Hablamos de películas, de libros, de trabajos, de nosotros y de música, claro. Ella sugirió ir a la cafetería. Nos tomamos unos cafés sin parar de hablar. Ella gesticulaba mucho con las manos cuando contaba algo lo que le daba un aspecto muy cómico. Era de Madrid y había ido a pasar unos días a casa de su prima en Santander. Regresamos al vagón que seguía igual de desolado que antes de irnos. Ella se sentó frente a mí y dejó el ordenador en su lugar primitivo sonando de fondo, en repeat  el “100 Grims Reapers” de Ben and Bruno. Ya ni siquiera pensaba que en menos de cinco horas debería de estar trabajando.

Más tarde se cambió de asiento y se puso junto al mío para cotillear la música que yo llevaba en el mp3: Vashti Bunyan, Animal Collective, Vashti Bunyan y Animal Collective, Red House Painters, Slowdive, Le Mans, Death Cab For Cutie, Girls vs Boys…
-     El disco de Ben and Bruno es el disco que ya no saben, pueden, quieren hacer Death Cab For Cutie.

Escuchándolo pensé que algo de eso había en el.

Ahora que estaba junto a mí me daba apuro mirarle a los ojos tan grandes, tan bonitos, tan cercanos a los míos. Hablamos y seguimos hablando cada vez más de nosotros y menos de las cosas. Ella me advertía que yo no podría soportar el día de trabajo. Me desaparecía el cansancio en cuanto rompía a hablar con su voz tranquila, dulce, siempre sonriente.

En un momento dado, mientras yo hablaba, me besó. Fue un beso rápido, indoloro, inesperado. De los que, tras ocurrir, te preguntas si ha sido o no real. Pero lo era porque al morderme el labio estaba aún el sabor dulce de los suyos. Puso cara de “yonohesido” y sus mofletes se dispararon hacia arriba como si fuesen a salir disparados si sonreía más.

Nos estuvimos besando media hora más. Le pedí su mail.
-     No puedo dártelo.
-     ¿Por?
-     En Madrid, en la estación, me esperan.

Fue un doloroso puñetazo. Ya eran las seis de la mañana.
-     Tengo dos horas para convencerte de que me lo des.

Ella apoyó su cabeza en mi hombro y entrelazó sus dedos con los míos.
-     No servirá de nada.

Esa vez su voz no sonaba cantarina, ni risueña, ni alegre sino pesarosa y amarga. Tras unos minutos tomados de la mano, en silencio, noté su respiración tranquila, ya dormida. La música de Ben and Bruno seguía sonando sin cesar.

“She is a girl friend but not my girlfriend”.

No sé cómo, ni cuándo, pero me dormí. Lo siguiente que pasó es que un empleado de RENFE me despertó porque ya estábamos en Madrid. Medio atontado la busqué con la mirada. No estaba. Ni ella, ni su ordenador, ni una nota de papel. Nada. Se había esfumado.

Con rapidez cogí mis cosas y salí corriendo afuera del tren con la esperanza de que ella estuviese allí o pudiese alcanzarla antes de que se fuese. Aunque estuviese acompañada. Me daba igual. Pero no estaba.

Entré en el metro confuso con dolor de cabeza por el sueño, enfadado conmigo por dormirme, con ella por irse así. Mientras iba en el metro camino del trabajo ya no sabía si en realidad yo estaba loco y no sería más que un sueño que había tenido, un sueño tan intenso que lo confundía con la realidad.

Saqué del bolsillo el mp3 y lo encendí. Al navegar por las carpetas vi un disco que no estaba cuando yo salí de Torrelavega, “100 Grims Reapers” de Ben and Bruno. Lo puse.

Nunca más la volví a ver ni en conciertos, bares, la calle o cualquier otro sitio que dadas sus características y gustos debería de frecuentar o conocer. Me hubiese gustado decirle que, años después, el disco no ha salido jamás de mi mp3 por muchos cambios y limpiezas que haya hecho. Algunas veces al escucharlo, como ahora mismo, me cuesta pensar si en realidad fue buena o mala suerte lo que pasó. Unos días pienso que fue buena. Otros que mala. Pero nunca ambas cosas a la vez.


“cause is not the same thing”.


jueves, 29 de agosto de 2013

Capítulo 3

INOCENTES CON MANOS SUCIAS

Gracias a un ciclo de la Alianza Francesa que ponían en mi instituto, El Marqués de Santillana, pude ver otras dos películas de ella “El Viejo Fusil” de Roberto Enrico que me gustó, y “La Muerte en Directo” de Bertrand Tavernier que me encantó. En ese mismo ciclo pusieron “El Círculo Rojo” de Jean Pierre Melville que me pareció aburrida, incomprensible e infumable. Cosas de la edad y el gusto sin formar: es una obra maestra. En la tele pude ir viendo otras de sus películas “Mi Hijo, mi Amor”, “El Combate de la Isla”, “El Cardenal”, “El Proceso”... Del videoclub saqué la única disponible de ella a excepción de la serie de Sisi que ya tenía más que vistas, y que estaba allí por ser el protagonista Woody Allen. “Whats the New Pussicat?” es una divertida locura con una magnífica canción a cargo de Tom Jones. Adquirí en el catálogo de compra por correo de Discoplay “Préstame a Tu Marido” de David Swift en la que se acompaña de Jack Lemmon. La película  estaba en la sección de saldos. 

Mientras tanto seguía guardando lo que podía de Sarah y, si tenía suerte, lo que podía rapiñar de Romy. A veces algún artículo en alguna revista de cine (estaba suscrito a Fotogramas y compraba esporádicamente otras). Recuerdo que una vez en noticias breves había una foto de Romy vestida de novia en una prueba de vestuario para la película llamada “L’Enfer” de HG Clouzot. Una película maldita que jamás se pudo realizar y de la que Claude Chabrol realizaría una nueva versión con el guión original. La protagonista sería Enmanuel Beart en el papel de Romy. Beart que se convertiría en la segunda musa de Sautet tras Romy, Chabrol con el que Romy rodó “Inocentes con Manos Sucias”. Es evidente que, como dijo Sarah,  el destino no existe pero sí las casualidades circulares.

No mucho después se estrenó la película de Claude Chabrol basada en el guión de Clouzet. Beart era una actriz de la que había podido ver unas cuantas películas y la consideraba entre mis favoritas de entonces. Su belleza era insultante y estar casada con un feo-guapo como su coprotagonista en “Un Corazón en Invierno” de Sautet, Daniel Auteil, me hacían tenerla más simpatía. En esa época yo había visto de ella “El la Boca No” de André Techine y “La Bella Mentirosa” de Jaques Rivette (del que había visto “París nos Pertenece”, película que amaba con fervor). En los 90 más o menos podía seguir el cine contemporáneo y verlo en versión original gracias a que en mi edificio habían pirateado la señal de Canal + y junto a la programación de la 2 constituyeron parte de mi menú de cinéfago impenitente y de provincias.

La película de Chabrol me gustó de manera moderada. La vi una tórrida tarde de Julio en un cine de Santander mientras afuera, en el mundo, Indurain sentenciaba uno de sus cinco tours. No sé cuál. Fue la segunda película que vi absolutamente solo en una sala de cine. La primera había sido “Cronos” de Guillermo del Toro en los cines Arlequín de Torrelavega. Estar con pocas personas, incluso con otra persona, sí que me había ocurrido bastantes veces, pero solo únicamente en aquellas dos ocasiones. No me ha vuelto a pasar. Me daba bastante vergüenza salir de la sala tras acabar la película y pensar que les había jodido la tarde.