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viernes, 6 de septiembre de 2013

Capítulo 11

EL INFIERNO

Pasados muchos años en la retina de mi memoria la imagen de la foto de Romy vestida de novia para la película “El infierno” de Henry-Georges Clouzot aún palpitaba con bastante fuerza. En alguna web de cine a mediados de la década pasada leí que habían encontrado un material que se creía perdido relacionado con esa película pero tampoco había más información sobre el asunto. Silencio. Olvido.

Cuando se anunciaron las películas que participarían en Cannes en 2009 para mi sorpresa vi que estaba un documental sobre la historia de esta película inacabada. Busqué algo de información sobre ella y la historia no podía ser más apasionante. El documentalista Serge Bromberg se quedó encerrado en un ascensor durante dos horas con una mujer de cierta edad. Cuando comenzaron a hablar y él reveló que era un cineasta ella dijo que también estaba relacionada con el mundo del cine. Su nombre era Inés de González y era viuda de un famoso y venerado cineasta francés: Henri-Georges Clouzot. La conversación en el ascensor fue más fructífera que la de una intrascendente sobre el tiempo. Una parte en concreto llamó la atención de forma arrebatadora a Bromberg. La historia de una película que jamás llegó a terminarse, una película llamada a revolucionar el cine de la época y que, tras comenzar el rodaje, toda una serie de catástrofes buscadas o no terminaron por dejar en estado de shock al equipo y cancelar la producción. Una película que iban  protagonizar un consolidado galán italofrancés, Serge Reggiani,  y una de las mayores estrellas del cine europeo, Romy Schneider. Esa película se llama “L’enfer”.

Bromberg había sabido de ella por la misma razón que los demás, la versión que rodó de aquella historia Claude Chabrol. Inés de González envió años antes a Chabrol el guión pensando que podría tener interés para este y tanto le gustó que decidió que sería su siguiente proyecto. Una historia de celos enfermizos protagonizada por una preciosa  Enmanuel Beart. El interés de Chabrol en su versión no pasaba del habitual en su cine: el retrato de la burguesía del interior francés, sus miedos, sus envidias y, en resumen,  sus miserias en resumen. La película no dejaba de ser un Chabrol (muy) menor, entretenido, un tanto pedestre y burdo en las recreaciones de las ensoñaciones sicópatas del marido celoso y que no pasará ni a la historia del cine ni a la de la carrera de los implicados. Además, en un extraño movimiento, cambió incluso los nombres de los personajes principales. Mientras que en el guión original sus nombres Odette y Marcel hacían referencia a “En Busca De El Tiempo Perdido” de Proust en la versión más reciente eran vaciados de significado y pasaban a ser Nelly y Paul.

Tras ser rescatados del ascensor Bromberg pide ver el material que, según la viuda de Clouzot, se había rodado y estaba guardado en un laboratorio. Muchas horas de imagen y sonido. El cineasta intuye que ahí hay una película y, tras ver el material, queda fascinado. Quince horas de imágenes y más de treinta de banda de sonido sin imágenes, con diálogos, sonidos, efectos...lo que encuentra es una joya fantástica que trata de reconstruir con el libreto en mano. Es complicado porque la película pretendía romper todos los esquemas del cine de su época, hacerlo avanzar de un salto a una forma de arte casi conceptual.

En esa época Clouzot estaba obsesionado con “8 y medio” de Fellini, con romper y hacer pedazos la narrativa y la lógica cinematográfica y dar un paso más allá. También con la magistral “La Aventura” de Antonioni. Un cine que se abría paso en ese momento en el que Clouzot estaba siendo muy criticado por una panda de jóvenes airados que comenzaban a hacer un cine distinto y radical y a los que denominaron Nouvelle Vague que le veían como representante de un cine asfixiado por el guión y la planificación. Esta película podía representar para él su reivindicación y su demostración de fuerza ante ellos de estar cien pasos por delante.

Además se interesó por artistas visuales que hacían arte cinético. Gente como Yvaral o Vasarely que trascendían la representación artística tradicional para crear objetos en los que el punto de vista, el espacio y la transformación pasaba a ser parte conceptual del objeto artístico. Quería introducir esos mismos conceptos pero en el cine. Clouzot llevaba cuatro años sin hacer películas y la industria francesa confiaba a ciegas en él tras haber dado obras mayores como “El Salario Del Miedo” o “Las Diabólicas”. Su nombre era tan poderoso y se rumoreaba que esa película sería un antes y un después que un día se presentaron jefes de estudio de Columbia Pictures desde los Estados Unidos y pidieron ver esas pruebas de antes del rodaje. Tras eso, sin leer el guión, se reunieron con la parte francesa de la producción y dijeron: presupuesto sin límites. Un proyecto tan ambicioso necesitaba de libertad absoluta y el dinero no sería ya el problema.

Clouzot se vuelve absolutamente demente. Contratan un equipo de 150 personas, dos directores de fotografía de entre los mejores del momento, forma tres equipos para que nunca se detenga el rodaje pero como quiere supervisar los tres jamás están activos dos y como en el primero de ellos exprime cada milímetro para que quede como él quiere al final todo se hace inoperativo. Tortura a los actores con peticiones salvajes. Inventa sistemas de color, quiere teñir un lago natural donde se desarrolla parte de la acción, crean lentes especiales para dotar a la foto de nuevos tonos, juega a experimentar con sonidos, efectos especiales insólitos...todo ello sin límite. Sin más límite que la paciencia de todos los que le rodean. Su cabeza echa humo y tiene graves enfrentamientos con Reggiani que explotan el día que hace correr al actor durante horas, sin apenas descanso, sólo para filmarlo agotado realmente. Horas y horas corriendo para un sólo plano que quizá jamás se fuese a usar. Reggiani no se presenta al rodaje más y argumenta que está enfermo. Esto destroza los planes y se piensa en sustituir por otro actor, quizá Jean Louis Trintignac amigo de Romy Schneider y estrella del cine galo.

Pero nada de esto ocurre. La presión supera a todos incluido, al fin, a Clouzot, y su corazón dice basta teniendo un ataque que le lleva al hospital y, al poco, declaran suspendido el rodaje para siempre. Aunque aún rodaría alguna otra película ya jamás recuperá su posición en la industria aún respetando su estatus de gran creador. Romy se siente muy decepcionada porque está segura que era el papel que acabaría al fin hacer olvidar los papeles de la etapa de Sissi de una década antes, aunque a esa altura ella ya había trabajado con Welles, Visconti o Preminger.

Toda esta historia se explica en el excelente documental de Bromber y Ruxandra Medrea “El Infierno de Henri-Georges Clouzot”. El gran valor de la película es, sin duda, el editar en lo posible el material existente y hacer al espectador un frustrado guionista tratando de recomponer los espacios vacíos. La imaginería visual es apabullante. Imaginar un resultado en el que con un gran presupuesto y estrellas había ecos y anticipaciones a cines que estaban naciendo en esos momentos fuera del circuito comercial en gente como Standish Lawder, Jonas Mekas o Kenneth Anger. Que pertenece a ese mundo da fe un vídeo en youtube titulado por su autor, un tal “facedebouc1”, quizá de forma un poco pedante “Essai sur l’enfer”. Durante casi nueve minutos extractos de la película se suceden acompañados de la música del trabajo conjunto de Stereolab y Nurse With Wound. La sincronía de los dos elementos, imagen y música, es perfecta. Parecen creados el uno para el otro. Imágenes de gran impacto junto a música incómoda, poco convencional como siempre acostumbraba en su lado más arty, más experimental, siempre hacia adelante un grupo como Stereolab. Una orgía para disfrutar y ensimismarse.

La belleza de Romy en la película es desarmante. Es probable que jamás, y es mucho decir, apareciese tan magnética, adorable, sexual, turbadora, e inalcanzablemente cruel por la ansiedad que me produce el pensamiento de no asistir al espectáculo de ser ella misma ante mí.

“Lo Importante es Amar” y “El Infierno”. Entre esos dos títulos, sus significados, parece resumirse la vida entera de Romy Schneider.



miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capítulo 9

LO IMPORTANTE ES AMAR

Uno de los ciclos de la filmoteca de Torrelavega era de cine extremo y polémico. Entre las películas estaba la extraordinaria “La Mamá y la Puta” de Jean Eustache o la famosa “Sweet Movie” de Dusan Makavejev probablemente la película más chocante que jamás había visto hasta ese momento.  Pero lo que me causó más ansiedad es que en ese ciclo estaba “Lo Importante es Amar” de Zulawski. Yo sólo había visto una película de Zulawski por televisión, “Mis Noches Son Más Hermosas que tus Días” protagonizada por su esposa Sophie Marceau mucho antes de volverse una pequeña estrella y sex simbol internacional tras ser la mujer de Mel Gibson en “Braveheart”.

De ”Lo Importante es Amar” siempre había leído que era la interpretación más descarnada y extraordinaria de Romy Schneider. Sabía que estaba entre las películas favoritas de Terenci Moix gran fan de Romy y del que conocí una semblanza de la actriz que publicó en El País Semanal en la que hablaba de la belleza y el parecido de Sarah con su madre. Y de la trágica vida de una estrella tan fulgurante, tan talentosa.

Es curiosa la cuestión genética y de tradición. Romy era nieta de una afamada actriz de teatro austriaca, Rosa Rhetty. Actriz durante los últimos vestigios del Imperio Austrohúngaro al que luego Romy representaría para el mundo en su esplendor en la serie de Sissi, tenía debilidad por su nieta y esta por ella. Con su madre Magda Schneider de la que tomaría su apellido artístico la relación no era igual. Desde niña la tuvo en el ambiente del cine y a través de ella comenzó a actuar. La amistad de Magda con Hitler es un hecho muy documentado, tanto como la admiración de esta por el sanguinario dictador y de él en el plano carnal (algunos llegan a afirmar que fueron amantes). A Romy esto siempre le horrorizaría. Incluso en una película discreta como “El Viejo Fusil” que vi en el ciclo de cine francés de mi instituto haría de judía en la era de la ocupación.

Su hija Sarah Magdalena decía cuando era adolescente que no tenía ninguna intención de ser actriz. Que quería estudiar y llevar otra vida. Pero no sé si la vida, la tradición o la insistencia de terceros llevó al fin a la pequeña a ser actriz aunque sí que hizo una licenciatura en La Sorbona. No es una gran actriz o aún no ha tenido un papel para demostrarlo. En cine casi todo son apariciones anecdóticas, muy secundarias y en las que yo he visto, no destaca demasiado.

Tanto Magda como Sarah se parecen mucho a Romy. Mirándolas es imposible no darse cuenta de que son familia. Son parecidas, incluso similares, pero tanto la madre como la hija son mucho menos hermosas. A años luz de la belleza de Romy. No hay algo que las diferencie demasiado, incluso Sarah tiene esa mirada triste marca de la casa de su madre. Pero además de un mentón demasiado ancho hay algo que no funciona bien en su cara para ser armoniosa como sí pasaba en Romy. Con Magda pasaba lo mismo. Había algo poco estilizado en su rostro, algo que se pulía en su hija. Y luego está la cuestión del talento.

La película me dejó sin palabras. Hasta el día de hoy es mi película favorita. Un tótem vital insuperable. No sólo es la mejor película en la que participó Romy sino que es la única a la altura de su inmenso, infinito talento. La carnalidad que desprende el frágil personaje que interpreta, Nadine Chevalier, se hace indistinguible de la triste vida de la actriz. Basada en una novela llamada “La Noche Americana” de Christopher Frank, que nada tiene que ver con la divertida película de Truffaut, el argumento trata de una actriz caída en desgracia que tiene que dedicarse al cine pornográfico para que ella y su desgraciado y demente marido (Jacques Dutronc) puedan sobrevivir. Un joven fotógrafo (un excelente Fabio Testi antes de su ridículo paso por cuanto reality le proponían) entra en uno de los rodajes en el que participa Nadine Chevalier y saca unas fotos a escondidas. Tras ser descubierto y huir como puede se obsesiona con Nadine y decide que ella merece tener la oportunidad de mostrar su valía y, consiguiendo dinero de manera turbia, produce en secreto una obra de teatro en la que ella será la estrella. El  director de la obra interpretado por un desquiciado Klaus Kinski trata de sacar lo mejor de ella. Una trama llena de personajes excéntricos, maniacos, locos y enamorados por encima de todo, con un amor irracional que traspasa la pantalla con una violencia que yo no reconozco similar en otras historias, de la misma manera que deambulan como despojos a los que sólo ese amor dignifica. La sobrenatural música de George Deleure (con ecos a otra música suya para otra película igualmente maravillosa “Le Mepris” de Godard) es la guinda que convierte todo en una tragedia de magnitudes irracionales. Una película histérica en la que todos gritan, tiran cosas al suelo o contra otros personajes, una fotografía feísta hasta extremos desagradables y, en medio de todo ese caos, una Romy Schneider apenas maquillada por ella misma ofreciéndose con una generosidad como interprete pocas veces vista.

Explicar la película no tiene sentido porque todo va a ser injusto con ella. Dada mi obsesión con la misma decidí llamar N. Chevalier, en honor al personaje de Romy, a un efímero proyecto musical que tuve junto a mi hermano y del que quedó como herencia una sóla canción. Una curiosidad es que el plano más conocido de la afamada “Olvídate de mí” de Michel Gondry es un homenaje a uno mucho más hermoso y con más lecturas que hay en “Lo Importante es Amar”.


El rodaje parece que fue tomentoso, duro. Zulawsky se llevó a Romy a su casa para no dejarla descansar del personaje (algo que no era necesario porque ella vivía tanto sus personajes que a veces la hacía enloquecer). Ella en pantalla parece siempre al borde de romperse. Cuando sonríe su rostro adquiere una profundidad en su tristeza que es imposible mantenerse impermeable a ella.  Jamás volvieron a trabajar juntos aunque el director comentó que tenía un guión escrito para ella pero que, tras su muerte, no se realizaría jamás.


lunes, 2 de septiembre de 2013

Capítulo 6

UN AMOR DE LLUVIA

Cuando iba a segundo de BUP en la clase de francés, que yo tenía como asignatura optativa, prepararon una excursión a San Juan de Luz en la frontera francesa para que practicásemos nuestros escasos conocimientos. He de decir que no dije ni una sóla palabra en francés a excepción de “merçi” cuando compraba algo. Pero ese viaje que no sirvió para mejorar mi uso del idioma galo me dio una oportunidad fantástica de añadir una pieza maestra a mi colección de fotos de la actriz que más amaba. El destino no pero sí la casualidad hizo que ese fin de semana de Mayo hiciese quince años de su muerte. Debido a eso Le Figaró en su dominical dedicaba la portada y un amplio reportaje interior a ella, a sus fotos y textos repasando su vida, sus éxitos profesionales y sus fracasos vitales. Lo compré tirando de inmediato el periódico. No era un estudiante demasiado aplicado a la lengua de nuestros vecinos a pesar de ser afrancesado hasta la médula. Al regresar coloqué la portada de Le Figaró en mi carpeta del instituto. Por la otra cara puse una foto de Los Planetas. Idolos también. No era la carpeta decorada de la manera más ortodoxa y lo más que conseguí era una mueca de incredulidad al confirmarles que sí, que era una foto de la actriz de Sissi. Esa carpeta decorada de la misma manera me acompañó el curso siguiente en tercero, en COU y toda la carrera en la Universidad.

Al año siguiente hice otra excursión con la clase de francés, esta de varios días, a París. Estando allí, en una tienda de memorabilia cinematográfica, compré una foto de una Romy joven, hermosa, llena de vida que enmarqué al regresar a Torrelavega y colgué en mi cuarto como si se tratase de una familiar. O de una novia. Y la otra cosa que hice fue coger la guía de teléfonos en el hotel que nos alojábamos y buscar cuantos Biasini D. había en París. Sólo había uno. No podía ser otro que el teléfono de la casa de Sarah y su padre. Apunté el teléfono en una agenda con el corazón acelerado, casi queriendo escapar de mi pecho. No me atreví a llamarla durante la excursión. Me parecía ridículo, ¿qué le iba a decir? ¿Qué hace años vi una foto suya en una revista de cotilleos y me enamoré de ella y luego de su madre fallecida dieciséis años antes?. Y que la llamaba para…para nada. Era una idea estúpida.


Regresamos a Torrelavega y unas semanas más tarde me acerqué a una cabina con muchas monedas y fui metiéndolas una a una con el corazón otra vez queriendo escapar de mí. Llovía de manera torrencial y el agua caía hasta mis zapatos resguardados en aquellas cabinas cerradas de antes. Tome aire mientras me temblaban las piernas. Marqué el prefijo de Francia. Marque el prefijo de París y mientras marcaba el teléfono apuntado en el hotel repetía entre dientes “Il est Sarah maintenant?”. No tenía ningún plan para seguir tras esa frase pero me daba igual. Tras unos tonos al fin una voz de mujer, no de una chica adolescente, se escuchó al otro lado. Medio trastabillándome pregunté “Il est Sarah maintenant?. La voz de la mujer comenzó a hablar muy rápido en un francés imposible de comprender por mí y entonces colgué. Me fui corriendo a casa, avergonzado, y jamás repetí mi intento de contactar con Sarah.



sábado, 31 de agosto de 2013

Capítulo 5

LAS 10:30 DE UNA NOCHE DE VERANO


En mi ciudad, cuando yo era niño, había tres salas de cine. El mayor el Concha Espina, antiguo teatro con la decadente majestuosidad de un gran cine en una ciudad pequeña en tiempos de cine aún más pequeño. En el vi “ET”, los Indiana Jones, “El Retorno del Jedi”, “Atrápalo Como Puedas”, varios James Bond de los peores…También es el cine en el que vi mi primera película. Una mañana de sábado había alguna razón para que fuese una sesión gratuita, algún tipo de actividad infantil-juvenil. Fui con mi hermana. El cine estaba a rebosar. Tanto que, a pesar de tener una capacidad monstruosa (o así lo recuerda mi mente) tuvimos que sentarnos en el suelo como otras docenas de niños porque estaban todos los asientos ocupados. Mi primer recuerdo del cine es traumático. La película era una adaptación muy libre de la Isla del Tesoro que jamás he vuelto a ver. Tras atar cabos creo suponer que era una llamada “Misterio en la Isla de los Monstruos” del inefable y añorado Juan Piquer Simón. No podría asegurarlo. Pero sí podría asegurar que el terror que invadió a ese niño de quizá cinco años debe de ser el más intenso que he experimentado jamás en el momento en que un monstruo cubierto de algas emerge de entre las aguas amenazante hacia los protagonistas. Supongo que ese día me enamoré del cine de manera irremediable.

Los otros dos cines eran el Pereda metido dentro de una galería comercial. Un cine que era nuevo y cómodo, y los cines Arlequín, una multisala(por llamarlo de algún modo pues eran sólo dos salas). Con eso y con mis viajes a Santander para ver películas tanto en el cine comercial como en la Filmoteca me fui formando como amante del séptimo arte. Tanto uno, el Pereda, víctima de un incendio como los otros, Los Arlequín, víctimas de la desidia terminaron por cerrar. El Concha Espina había cerrado mucho antes. Mucho tiempo después, de la mano del dinero público, se convertiría en un moderno teatro, auténtico eje cultural de mi ciudad natal.

Yo veía cualquier cosa que pusieran. No me importaba que fuese bueno o malo. El ritual de ir al cine era una droga que sólo se calmaba al entrar en la sala y comenzar los anuncios o los trailers anunciando futuras dosis de la misma droga. A principios de los 90 un hecho jugó a mi favor de manera decisiva. Gracias a la colaboración del ayuntamiento y un grupo de entusiastas se inició una filmoteca. Cine en versión original en Torrelavega. Un sueño. Se alternaban ciclos de clásicos atemporales con los estrenos más importantes de la temporada del circuito de arte y ensayo. Gracias a ello podía ver en el propio año películas de cineastas de los que me hice fan como Aki Kaurismaki, Hal Hartley, Olivier Assayas, Eric Rohmer (con su estreno anual o recuperando títulos antiguos) y otros que no me gustaban tanto pero siempre era interesante de ver como Jaime Humberto Hermosillo, Derek Jarman, Gianni Amelio o Nanni Moretti el cual jamás me hizo gracia. Tener eso cada jueves del año para un quinceañero enfermo de cine era un milagro. Allí, gracias a uno de esos ciclos, vi la mejor película que jamás hizo Romy, “Lo Importante es Amar” de Andrzej Zulawski.


miércoles, 28 de agosto de 2013

Capítulo 2

LA HISTORIA MÁS TRISTE JAMÁS CONTADA

Cuando yo tenía doce años mi hermana mayor compraba la Teleindiscreta. Entonces era una revista muy diferente a la que fue luego. Era la época en la que regalaban cromos de V, McGyver o Alf… Recuerdo que siempre se habló de una segunda parte de V. En plena V-manía, Teleindiscreta dijo que había conseguido “en exclusiva” la continuación y, durante varias semanas, publicaron una especia de cómic con esa secuela como guía.

Recuerdo vagamente el argumento que era algo parecido a que Diana y los suyos creaban un sol artificial que abrasaba la Tierra y terminaba con las reservas de agua. Vamos como Almería pero con lagartos más grandes. Al final los chicos de Donovan ganaban gracias a los polvos rojos.

Mis primeras indagaciones respecto al sexo se consumaron a través de las revistas para quinceañeras de mi hermana. Las preguntas sobre cómo masturbar a un noviete de 14 años, la forma menos dolorosa para la desfloración anal o si había algo de malo en tragarse el semen, unidos a las narraciones de “así fue mi primera vez” con supuestas quinceañeras que escribían todas con el mismo estilo (una mezcla entre la cursilería calentorra de Danielle Steel, y la cursilería  a secas de Corín Tellado) me ponían a cien.

Mi hermana compraba esas revistas porque era fan de A-ha y casi siempre salía algo de ellos en la cima de su popularidad. Lo que recuerdo con más cariño eran las entrevistas inventadas de la Superpop que siempre seguían un esquema similar a este:
-            preguntas sobre si se esperaban ese éxito
-            preguntas sobre las fans españolas.
-            preguntas sobre cómo les gustaban los pechos de las chicas, si grandes o pequeños (recuerdo una de esas supuestas entrevistas a Rob Lowe, en plena borrachera de éxito, que decía algo como: “a mí me gustan que quepan en una copa de champagne”. Los aficionados a lo más sórdido de Hollywood recordarán su escándalo con las cintas de video y las menores, y no parecía quejarse del tamaño de las tetas de sus coprotagonistas del film casero)

Esta pregunta era invariable y se la hacían desde a Franco Batiatto (hit en aquel tiempo) o a Jimmy Sommerville que, dejados atrás Bronsky Beat, era la estrella marciana con los Communards.

Me acuerdo de una portada en la que salía con cara de pocos amigos Don Johnson y que decía: Corrupción en Miami peligra porque, en una encuesta entre mujeres norteamericanas, el que hacía de  Ricardo Tubbs, salía elegido como el hombre más sexy del planeta por delante de él (bueno el titular sería más corto, pero yo no soy periodista)

Mi hermana tenía dos amigas en el portal. Una era Antonia, también fan de A-ha, y la otra era Lucía. La madre de Antonia murió cuando yo era pequeño y fue la primera persona que yo conocí que había muerto.

Lucía era fan de The Cure y de Depeche Mode. Vestía como Emily the Strange y todos pensábamos que era muy rara. Una vez estábamos en su casa y Lucía, que había suspendido siete, quemó las notas delante de nosotros, en el fregadero. Esto causó en mí una mezcla de miedo y fascinación atroz hacia el personaje: estaba haciendo algo terrible (quemar las notas) y siempre vestía de negro. Siniestro era un adjetivo más que adecuado.

Años después mis padres comprarían ese apartamento y lo gracioso es que, al cabo de un tiempo, me di cuenta de que en lo que hoy es mi habitación cuando vengo a pasar unos días a Torrelavega, raspado sobre la pared, cerca del techo, apenas imperceptible, hay una inscripción que dice MODE en mayúsculas, y dentro de la “O”, escrito en pequeño “depeche”.

En invierno, durante varios años, tuve que llevar el mismo abrigo azul oscuro de botones en forma de colmillo o cuerno imitación marfil que odiaba con todo mi alma. Pero era una de las pocas prendas “buenas” que tenía y se resistía a desgastarse o romperse.

El hermano de Lucía se llamaba José, era de mi edad, y jugábamos siempre por el barrio. Yo vivía en un barrio de los de antes, dónde se hacía la vida en la calle. Llegaba del cole, merendaba un bocata de nocilla, chorizo o jamón y veía Barrio Sésamo y, más tarde, Los Mundos de Yupi para salir pitando a las aventuras que me esperaban abajo, en la acera.

También recuerdo practicar inglés viendo la tele: “Hello, I’m Mazzy”.

Sorolla (que así llamábamos a José por su apellido) era un chico de una desbordante imaginación. Fue el primero que tuvo vídeo y nos pasábamos tardes enteras viendo tres veces seguidas “Los Goonies”, “Exploradores”, o “Admiradora secreta”.

Salir del barrio para ir, no sé, a La Plaza Mayor, era toda una aventura para unos River Phoenix de medio pelo como nosotros. O escondernos cuando venía al barrio “El Drogui Ponchi”, un gitano yonki con sus converse desgastadas, del que se decía que había estado en la cárcel por matar a un hombre.

Sorolla cazaba arañas y las metía en un pequeño bote de cristal para hacer “guerras de arañas”. En realidad las arañas no peleaban sino que morían por asfixia o por falta de alimento transcurridos unos días.

El padre de Lucía y de Sorolla era taxista. Murió de cáncer de garganta uno de esos años.

En el barrio éramos mucha gente. Aparte de Sorolla estaban Rafa y su hermano David, los hijos de la peluquera. Marquitos, hijo de Quijano (un tipo mezcla entre bonachón e hijo de perra). Alexis y su hermano Rafita. Darío, Sixto, mis primos Borja y David, mi amigo José Cipitria al que toda la vida hemos llamado Cipi...

Cipi ha sido, lo que se suele llamar, mi mejor amigo. Sin él mi adolescencia hubiese sido mucho peor de lo que en realidad fue. En el instituto empezamos a comprar Rock de Luxe un mes cada uno menos la de Enero que la comprábamos los dos. Nos juntábamos en el boulevard con el catálogo de Discoplay, del Sur o de Tipo y elegíamos con cuidado los discos a pedir para luego intercambiárnoslos y, a la vez, ahorrar en los gastos de envío.

Hablábamos mucho de cine o de música pero no de sentimientos. Supongo que a través de la música exorcizábamos fantasmas con metáforas sobre lo que nos producía tal o cual canción. El compraba Slint o My Bloody Valentine, y yo Disco Inferno o The Jam. El “Disintegration”, yo “La Memoire Neuve”. Y luego nos los pasábamos unos días para disfrutar de los libretos o de la galleta original, antes de grabarlos en una de las cientos de TDK que duermen hoy en día bajo mi cama en casa de mis padres.

Como no existía Internet (para nosotros, hablo de los primeros y mediados 90) algunos discos y, sobre todo, canciones se convertían en míticos para nosotros. Me acuerdo especialmente de “Love Will Tear Us Appart” de Joy División, y de “Bela Lugosi’s Dead” de Bauhaus. Como había que decidir qué discos comprarse pues, por ejemplo, yo podía elegir comprar uno de Oasis en vez de un recopilatorio de Bauhaus. Ahora parece un acto estúpido pero en el momento en que salió “Definitive Maybe” parecía una decisión, cuando menos, razonable para un chico de 16 años.

El caso de “Love Will Tear Us Appart” fue diferente. Yo tenía el “Closer” y el “Unkown Pleasures” pero...en ninguno de los discos aparece esa canción. Y comprar un recopilatorio del que tenía casi todas las canciones sólo por ella, me parecía un despilfarro para unas decisiones que se tomaban una a una con meditada y matemática precisión. Cuando pasaron los años y ya escuché ambos temas, del de los de Curtis me enamoré a la primera escucha, casi al primer segundo, y en cambio Bela significó una profunda decepción, aunque el tiempo (no mucho) se encargó de subsanar esa primera impresión.

Casi toda la música que descubrí por aquella época me ha seguido gustando después aunque también hay grupos que ya no soporto. Nunca he entendido ese reverencial respeto por la música que fue importante en tu vida en un momento y que por ello deba seguir gustándote con el peso de los años. Yo no he tenido problemas en regar con gasolina mi pasado y hacerlo arder para que no quede ni rastro mientras me quedaba de pie mirando el crepitar de ese fuego.

Otro de mis amigos del barrio era Jesús Manuel, al que todos llamábamos “Nene”. Supongo que por su cara de niño, pero ¿qué cara puede tener un niño cuando es un niño?

Nene siempre fue un bala perdida. Era el que sacaba de quicio a los profesores, el que levantaba las faldas a las niñas, el que rompía las ventanas, o el que no iba a clase. Era hijo único y le daban todo lo que pedía.  Cuando la fiebre del skate él siempre tenía la mejor tabla, y la customizaba cada poco tiempo, la tuneaba hasta la admiración de los que lo rodeaban. Yo nunca tuve una tabla. Era, y sigo siendo, torpe. Y además era un objeto caro.

Yo prefería leer a “Los Cinco” o los seriales de internados de Enyd Blython y fantasear con mi vida en uno de ellos. Aunque fuesen internados femeninos. Eso era un detalle menor.

Nene empezó a pasar costo en el instituto y ha estado un par de veces en la cárcel por tráfico de sustancias mayores. Cuando teníamos trece ó catorce años Nene hizo un viaje con sus padres para visitar a unos familiares en Dinamarca. Su padre sufrió un accidente cardiovascular y murió allí. Según me contaron entonces, habían tenido muchos problemas para traer el cadáver. No sé. Su madre, Telma, hace arreglos de costura y plancha ropa por toneladas para no sé qué empresa. Ella vivía con un tipo muy desastrado que la dejó embarazada y luego, simplemente, la dejó.

Otro era mi vecino Elías al que llamábamos Dios porque daba igual por donde estuvieras que siempre te lo encontrabas. En el piso donde él vivía, de madrugada, se escuchaba un trajín de muebles, a veces casi insoportable. A las tres de la mañana y hasta más tarde. La teoría en mi casa es que la madre no podía dormir y que cambiaba los muebles de sitio cada noche. Es que la madre de Elías-Dios tenía unas ojeras muy pronunciadas.

Al barrio venía gente de otros barrios. El nuestro se llama El Carmen porque estaba donde la clínica El Carmen. Cuando cerraron la clínica se dejó abandonado mientras decidían qué hacer con el edificio y el terreno. El resultado es que se llenó de yonkis que se iban a pinchar allí y que, supongo, hasta vivirían allí. En esos tiempos teníamos que estar esquivando jeringuillas mientras jugábamos. Más tarde lo tiraron y construyeron unas dependencias municipales pero el edificio tenía algo que incumplía algún tipo de normativa y lo derribaron también para hacer un centro de salud. Hace como tres años tiraron ese centro de salud y lo hicieron parking municipal. Ahora es un edificio de dependencias judiciales.

A veces, en el barrio, como éramos medio asilvestrados, hacíamos lo que denominábamos “invasiones” y que consistían en ir a otro barrio cercano y apedrear a los niños de ese otro barrio. Tras la invasión nos quedábamos jugando allí hasta que nos aburríamos y nos volvíamos al nuestro dejando a los vencidos con su territorio natural.

Otras veces era más tranquilo y sólo jugábamos partidos de basket o de fútbol. O de béisbol. O de Hockey (sobre asfalto, con sticks hechos por nosotros, con una pelota de tenis como pastilla). Teníamos las rodillas y los codos llenos de raspaduras y costras pero era lo normal.

El barrio que más veces invadimos era La Cepa. En el vivía Ignacio Quintana y era compañero de mi primo Borja en el colegio Cervantes. Les daba clases quien años más tarde sería la alcaldesa de Torrelavega, Blanca Rosa Gómez.

Ignacio era casi un adoptado de nuestro barrio porque se pasaba casi todas las tardes por el. Lo que no evitaba que cuando nos enfadábamos con él saliese el alma xenófoba que habita en todos nosotros y le decíamos: “Vete a tu barrio, que este es el nuestro”. Y no era más que una calle, un jardín, y unas puertas metálicas de garajes que nos servían de porterías de fútbol.

Ignacio era tartamudo. Cuanto más nervioso se ponía más tartamudeaba. Me tocó como compañero de clase en tercero de BUP. No era un mal estudiante y, a pesar de su tartamudeo, siempre andaba preguntando.

Es extraño que una persona tan curiosa como yo apenas haya preguntado en clase. Ni en el cole, ni en el instituto, ni en la universidad… Siempre he tratado de buscarme yo las respuestas. Supongo que por eso soy tan observador y de lo que me cuentan los demás, unido a lo que yo deduzco, me hago las composiciones de lugar.

Cuando terminé el instituto dejé de ver a Ignacio. Me dijeron que se había hecho militar. Hace como siete años me enteré que se había matado en un accidente de coche. Se empotró contra un puente. Por lo que me contaron iba tan puesto de éxtasis que en vez de pupilas le brillaban dos pequeños smilies.

A muchos de ellos no los he vuelto a ver. A Sorolla o a Nene cada vez que los veo los saludo con una tímida sonrisa a punto de estallar y un ligero movimiento de cabeza. Nada demasiado efusivo. Antonia y Lucía están casadas y con hijos. Cipi anda trabajando por Luxemburgo. De la mayoría no sé nada. Paradójicamente hace mucho que no veo a Elías.

¿Y yo?. Llevo un abrigo(cosas de la vida) muy parecido a los que odiaba llevar cuando iba al cole del que prende una chapa de Sin Chan y, con más de treinta años, me paso más tiempo en el pasado (musical, sentimental, literario, ideológico) que en el presente o que en el futuro.

Como si aún no hubiese aprendido a vivir fuera de aquel barrio.



lunes, 26 de agosto de 2013

Capítulo 1

MI PRIMER AMOR

Descubrí a Romy Schneider por casualidad, como suelen suceder muchas de las cosas más emocionantes e importantes de la vida. Yo tenía catorce años y estaba ojeando la revista Hola y en ella aparecía un reportaje sobre la hija de una actriz muerta años antes. A pesar de mi cinefilia temprana jamás había escuchado el nombre de esa actriz. La chica, un año menor que yo, era fotografiada en un yate en unas vacaciones en Saint Tropez junto a su padre. Era verano y yo estaba de vacaciones en el instituto.

El titular del reportaje era “El Destino No Existe”. Sí, es extraño que en Hola se cuelen cargas de profundidad filosófica, y más dichas por una niña de trece años, pero así era. Ella me pareció preciosa. Su nombre era Sarah. Sarah Magdalena Biasini. Estaba acompañada de su padre que se llamaba como yo, Daniel. Daniel Biasini. El artículo estaba lleno de fotos, como es habitual en la prensa del corazón, y yo lo recorté. No era nada extraño. Tenía (y debo tener por algún lado) docenas de recortes de prensa que me llamaban la atención, noticias extravagantes o simplemente redactadas de una forma tan ininteligibles que las hacían humorísticas. En muchos casos eran atroces asesinatos o muertes violentas con el componente de la estupidez adosado. En otros como este era que, simplemente, me llamaban la atención por otros motivos.

Era un tiempo en el que buscar información era una tarea ardua. Lo primero que hice esa misma noche fue acudir a las dos enciclopedias que había en casa. Una de Salvat que mis padres habían coleccionado durante meses hasta completarla y otra regalada por un banco. Esta última era una auténtica mierda. Peor que la Wikipedia en español, no digo más.

Poca información pude encontrar fuera de que era una actriz austriaca nacida al final de los años 30, hija de actores y que alcanzó la fama interpretando a la Emperatriz Isabel de Austria en una serie de películas de una saga llamada Sissi. Que más tarde deja los papeles que le habían proporcionado éxito siendo una adolescente para encarnar otros más adultos y convertirse en una de las actrices europeas más importantes de los años 60-70. Que había ganado dos premios Cesar y que había muerto muy joven en circunstancias poco claras: suicidio o ataque al corazón.

Al día siguiente me fui a la biblioteca. La biblioteca de una ciudad pequeña como Torrelavega era muy limitada y la sección de cine, como era esperable, para llorar. Aún así en un diccionario de cine pude encontrar algo más de información. Tuvo una turbulenta relación con Alain Delon (a este sí lo conocía) y llegó a actuar en películas de Orson Welles, Visconti, Sautet (para que la que fue una especie de musa) o junto a Woody Allen, mi ídolo máximo, en un filme con guión de este.

Todo me parecía atractivo y estimulante. Pregunté a mi madre si la conocía. Efectivamente era así. Ella había sido muy muy famosa gracias a Sissi y  mi madre, en su infancia, tenía un álbum de cromos de la película, en la que se contaba la misma historia a través de fotos. Por desgracia mi madre dijo que en una mudanza al tener que, deshacerse de cosas, ese álbum de cromos fue uno de los nominados para la expulsión. Se había arrepentido por el valor sentimental (aún no existía Ebay para dotar del extra del valor crematístico al sentimental) y recordaba la felicidad que tuvo al terminarlo. Me contó que había varios, uno por cada película de la serie. Que la habían visto en el cine de su pueblo, Beranga, ella y sus hermanas. Un cine itinerante que una vez a la semana ponía películas en la pequeña localidad. Me habló de su muerte. Ella recordaba que se había suicidado y que su hijo había muerto en un accidente absurdo y horrendo. Al saltar una valla resbaló y los hierros le atravesaron el pecho para salir por la garganta. La agonía fue larga mientras los bomberos trataban de sacarlo ante la histeria angustiada de su madre que veía como su amado hijo David moría ante sus ojos. Mucha información de una fuente inesperada, mi madre.


Poco a poco pude ir leyendo más sobre ella, viendo algunas de sus películas (en los 90 Tele 5 emitía la trilogía de Sissi y sus otras dos películas de princesas centroeuropeas “La Panadera y el Emperador” y “Los Jóvenes Años de una Reina”. Me compré una rutinaria biografía y descubrí que tanto en el Hola como en otras revistas del corazón, de vez en cuando, salía algún reportaje de Sarah. Una amiga (mi mejor amiga, mi única amiga en aquel momento) me conseguía algunos de esos artículos porque en su casa eran bastante habituales de ese tipo de revistas.

En un ciclo de Claude Sautet en la 2 vi todas las películas que hicieron juntos: “Max y los Chatarreros”, “Una Vida de Mujer”, “El, yo…el Otro”…las películas habían sido muy exitosas y reputadas en su momento pero se habían quedado desfasadas. Era un cine adulto muy del gusto de los años 70 con conflictos de la mediana edad pero que ya no funcionaban. A pesar de la habilidad con que estaban filmadas ninguna se podía acercar a un film contemporáneo del propio Sautet que vi por esas fechas “Un Corazón en Invierno”, una auténtica obra maestra esta sí, atemporal. A pesar de todo, aunque las películas no fuesen perfectas en todas destacaba la poderosa presencia de Romy Schneider. Sin duda había elegido bien a la hora de hacerme un ídolo porque ella era una actriz espléndida. 


Mamihlapinatapai


De la Wikipedia en español, enciclopedia libre:


Mamihlapinatapai (a veces escrita incorrectamente como mamihlapinatapei) es una palabra del idioma de los indígenas yámanas de Tierra del Fuego, listada en el Libro Guinness de los Récords como la "palabra más concisa del mundo", y es considerada como uno de los términos más difíciles para traducir. Describe "una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar".1
La palabra consta de un prefijo ma(m)- de corte reflexivo pasivo (marcado por la segunda m antes de una partícula iniciada por vocal); la raíz ihlapi, que significa "estar confundido sobre lo que hacer después"; seguida por el sufijo condicionante -n y por el sufijo -at(a), que implica "logro"; y coronada por -apai, que al ser compuesto con ma(m) adquiere un significado de reciprocidad.